La pasada semana, lunes 20 de
abril un estudiante de 13 años mató a un profesor en Barcelona. Este hecho tan
inesperado, triste, como a la vez, mediático ha ocupado grandes espacios y
portadas en los medios de comunicación durante varios días. Sin olvidar, por
supuesto, las redes sociales. En definitiva, un acontecimiento que ha estado en
boca de todos y que vuelve a abrir el debate de siempre: “¿Qué ocurre con los
menores?
En este caso concreto, las cartas
que se toman en el asunto tienen que ver con la orientación y la educación del
menor, puesto que la Ley del Menor impide perseguir penalmente a los menores de
14 años. De alguna forma , lo que se refleja ante la sociedad es que existe una
víctima y un agresor que queda impune de algún modo. Aún así, al tratarse de un
menor, la gente entiende que lo importante es reorientar a esa persona para que
pueda cambiar de actitud. Muchos estudios demuestran que la sociedad tiene una
consideración diferente a la hora de penar a los menores de edad con respecto a
los adultos [Populismo punitivo delincuencia juvenil: mito o realidad, Fernández Molina y TarancónGómez]. Sin embargo, la consecuencia directa de que un suceso tan atroz como
este permanezca continuamente en los medios de comunicación es el aumento del
miedo al delito y la creencia de que los crímenes juveniles aumentan. Y es que una vez que estalla
públicamente un delito juvenil de este calibre, las noticias que tienen
relación con este tipo de actos empiezan a inundar las pantallas. Así en la
misma semana del mes de abril en la cual ocurre este acontecimiento se publican
distintos titulares: “Crece la cifra de infractores penales de menos de 14años”, “El 40% de delitos que lleva a los menores a un centro tienen que ver con los robos”, “Los jueces resuelven al año casi 900 casos de criminalidad juvenil”. Es lógico que esto produzca el efecto del que hablábamos antes y sin
que sea cierto, la sociedad empieza a creer que los delitos provocados por los
menores de edad aumentan, cosa que no tiene por qué estar relacionada
directamente con un deseo del endurecimiento de las penas, pero puede derivar
en ello.
Finalmente, me agarro a las
palabras que José Javier Huete Nogueras, Fiscal de Sala y coordinador deMenores en la Fiscalía General del Estado, pronunció seis días después del
hecho que nos atañe: “la alarma generada por un hecho aislado no puede
convertirse en elemento determinante de reforma legal”. No podemos dejar que la percepción que
se crea en la sociedad por el entorno, experiencias personales e influencia de
los medios de comunicación y los rumores sea un punto de apoyo para llevar a
cabo el establecimiento de normas penales. Por lo que la sociedad no debe dejarse llevar solamente por
lo que escucha en los medios de comunicación sino que debe informarse de
asuntos tan importantes como lo que rodea la legalidad y la criminología a través
de diversas fuentes, estadísticas, reales y objetivas.
Lucía Orts Sellers
Populismo punitivo y
delincuencia juvenil: mito o realidad
#Lectura 3