#Lectura
1: Encharcados en sangre ficticia
Por
Míriam Garví
Cuando
se ha de recurrir a mostrar actos explícitos en televisión o prensa, sobre todo
en publicidad, para que la población comprenda ciertos temas, hay algo que no
funciona. Pero lo que es cierto, es que son eficaces, conciencian, y lo más importante,
se refleja en datos. Las últimas campañas a favor de la seguridad vial, según
datos ofrecidos por los medios de comunicación, han producido un descenso de
los accidentes. Hace tiempo que los ciudadanos estamos tan expuestos y
acostumbrados a ver violencia, que unas simples palabras no nos bastan. Ya no
recorre un escalofría nuestra espalda la cifra de muertos en accidentes de
tráfico. Sí lo hace observar a un niño pequeño salir volando por la luna
delantera.
Que la violencia,
por el contrario, sí se haya convertido en tendencia en nuestras pantallas en
preocupante y puede despertar una concienciación inversa a la esperada: que la
violencia y los actos peligrosos nos parezcan normales, que terminemos por
creer que no están comprometiendo nuestra salud o bienestar psíquico o físico. Desde
la más tierna infancia hemos visionado tantas muertes, accidentes y maltratos
en televisión y el cine, que otro tiro en la espalda nos parece un mero juego
de niños. Ya no nos sobresaltamos ante un cuchillo en las pantallas, ni mucho
menos ante una amenaza. De lo contrario seríamos un manojo de nervios sentados
en el sofá, y si no que se lo digan a los seguidores de Juego de Tronos o
similares. La violencia, el delito, el crimen, el dolor, han salpicado tanto
nuestras mentes que somos impermeables al sufrimiento ajeno. Los telediarios
algo parecido. Titulares como “800 muertos en Lampedusa” nos parecen tan
lejanos que ni siquiera nos detenemos a leer el cuerpo de la noticia. Ahora somos
una generación que no se inquieta fácilmente. Pues solo quien está cerca de la
tragedia es capaz de comprender cuánto esconde. El resto, nos conformamos con
leer los créditos, y esperar el próximo capítulo.
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