Tanto
la percepción de inseguridad como el miedo al delito son percepciones y
emociones subjetivas de los ciudadanos, que no necesariamente tienen que
corresponder con índices objetivos de seguridad y delito.
No
todos los ciudadanos temen por lo mismo. A nivel individual, por ejemplo, las
personas pueden buscar vivir en edificios con vigilancia o dotarse con sistemas
de alarmas para el hogar. Dependiendo del nivel de miedo al delito, las
personas pueden también alterar algunos hábitos como evitar salir de casa a
ciertas horas para no sufrir un robo. Además, un hombre no sentirá el mismo
miedo por sufrir una violación que una mujer. También entre los efectos
sociales puede encontrarse la inhibición de la comunicación o el aislamiento
social.
Esta
subjetividad del miedo al delito que posee cada ciudadano, provoca que sea
difícil medirlo. Aunque el método más común es la encuesta, los investigadores
no han dado todavía con un procedimiento que sea totalmente fiable. Un
cuestionario realizado al mayor número de personas podría ser el recomendado,
comprobando su fiabilidad. El objetivo sería diagnosticar con garantías
científicas la frecuencia de los miedos en las población, lo que constituiría
un elemento importante en la toma de decisiones en el campo de la seguridad
ciudadana, y por otro lado, disponer de una alternativa de medida adecuada para
detectar tanto los antecedentes como las consecuencias que acarrea el miedo al
delito entre la población.
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